Laguna Negra

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Leyendas de Merida

Mérida es rica en mitos y leyendas, tanto de origen indígena como las creadas a través de los tiempos por los campesinos del páramo....

La Trampa

Lugar sagrado, escondido entre las nubes, refugio de indios, tribus de los Mucuúnes, Jamuenes, Casés, y Quinaroes, habitantes alrededor de la Laguna de Urao...

Gastronomía merideña (historia y evolución)

La comida merideña consta de gran variedad de delicias gastronómicas de singular preparación...

Historia y herencia cultural

En sus valles y mesetas se asentó la civilización Tatuy (significa precisamente, lo más antiguo), la cual alcanzó un alto grado de desarrollo cultural...

1 nov. 2012

El empleo de animales en las comunicaciones merideñas

Autor: Rubén Alexis Hernández A.
 Historiador

Con anterioridad al empleo de medios automotores para el desplazamiento humano por el territorio merideño, los pobladores andinos debían recorrer los distintos paisajes exclusivamente de forma pedestre o a lomo de animales como el caballo o la mula. Considerando la dificultad que entrañaba movilizarse a pie, en especial por la complejidad geomorfológica y climática de las áreas montañosas, es evidente que equinos como los mencionados se llegaron a transformar en elementos claves para las comunicaciones, siendo bien útiles para la ocupación, organización y modificación espacial de Mérida entre comienzos del periodo colonial y mediados del siglo XX. Es indudable que sin la presencia del medio de tracción animal hubiera sido bien complicada, por ejemplo, la presencia durante el periodo colonial de un circuito comercial efectivo en torno al valle longitudinal del río Chama. 

Tengamos en cuenta, primeramente, que fueron los españoles quienes introdujeron animales característicos de sus tierras (Península Ibérica) a los Andes merideños, considerando que podían ser tan útiles en el “Nuevo Mundo” como en España. Desde el punto de vista de las comunicaciones fueron introducidos el asno o burro y el caballo, y como un híbrido de éstos se obtuvo la mula. Como medio de transporte estos equinos se clasificaron en: 1) De carga, cuando fueron empleados para el transporte de alimentos y mercancías; y 2) De montura, cuando solamente transportaban personas. A pesar de que el caballo y el burro fueron los primeros animales de tracción introducidos por los colonizadores, es necesario acotar que, en zonas como la cuenca alta del río Chama, dominada por una abrupta topografía generalmente superior a los 2.500 metros sobre el nivel del mar, la mula llegó a ser el medio de transporte más utilizado, debido a las ventajas sobre otras bestias, específicamente como medio de carga. Algunos baquianos y arrieros actuales aseguran que la mula es capaz de soportar pesos cercanos a los 100 kilogramos, o incluso un poco más. En este orden de ideas el investigador Nelson Paredes Huggins indica:

(...) la mula presentaba innegables ventajas por tener mayor capacidad de carga que el burro, y una resistencia superior a la del caballo (...). La utilización del caballo y del burro como medios de transporte dependía, respectivamente, de la forma del relieve y de los recursos económicos disponibles. En el caso del caballo, las laderas y páramos andinos limitaban considerablemente el empleo del mismo, especialmente como bestia de carga. El caso del burro difiere de la anterior, por cuanto el relieve montañoso andino no era una limitación para él (...)” (Nelson Paredes Huggins, “Vialidad y comercio en el Occidente venezolano”, 1984, pp. 60-61).
Con la llegada del automóvil a tierras andinas, poco a poco fue disminuyendo el empleo de animales como medio de transporte, especialmente en aquellas áreas ubicadas a lo largo de carreteras como la Trasandina o la Panamericana. Sin embargo no se ha prescindido totalmente de los equinos para el transporte de personas y mercancías, y como prueba de ello podemos mencionar que en poblaciones como Los Nevados, Mucumpiz (pueblo cercano a Torondoy), El Hernández (Mucurubá), Gavidia, Acequias y La González (Páramo Los Conejos), es relativamente común la presencia de baquianos y arrieros conduciendo caballos, mulas o burros con alimentos, diversos productos de uso cotidiano y/o lugareños. Adviértase en este sentido que los animales siguen siendo fundamentales para las comunicaciones en aquellos lugares en los que no hay acceso automotor o es muy limitada la presencia de automóviles; tal es el caso de Los Nevados, adonde sólo llegan algunos vehículos rústicos y motocicletas, y de la aldea La González. 
 
Desde hace algunos años la utilización de los equinos en las comunicaciones merideñas, ha recibido un notable impulso gracias al sector turístico, específicamente al ecoturismo, modalidad que ha estimulado el recorrido de merideños y visitantes por antiguos caminos, algunos de ellos de desplazamiento frecuente durante el periodo colonial. Estas rutas, conocidas en el argot turístico como Caminos Posaderos Andinos, por formar parte de paquetes de excursionismo ofrecidos para quienes se hospedan en las renombradas Mucuposadas, son exigentes en buena medida, y por tanto algunos excursionistas requieren de animales para su movilización. 

De manera que en algunas partes de Mérida aún es importante el medio de transporte animal, y lo seguirá siendo mientras existan los antiguos trazados viales, la presencia de poblaciones semiaisladas y el interés por conocer y disfrutar los diversos paisajes andinos.

18 jul. 2012

Apunte histórico de Cacute

Por Rubén Alexis Hernández A.
Historiador

Valga el presente escrito en el marco de la festividad religiosa en honor al Santo Niño de Cacute, cuyo día central es el 14 de Enero. La población mencionada, capital de la Parroquia del mismo nombre, tiene su asiento en el valle alto del río Chama, a orillas de la Carretera Trasandina, y es un punto más o menos intermedio entre las localidades de San Rafael de Tabay y Mucurubá, aunque más cercano a esta última.

Durante el periodo prehispánico habitaban en los alrededores de lo que hoy es Cacute algunos indígenas, con características materiales y simbólicas parecidas a los aborígenes del resto de los Andes merideños. Para su sustento diario dependían en gran medida del cultivo de algunos tubérculos, leguminosas y maíz; ocasionalmente consumían la carne de animales como el venado, el conejo y algunas aves abundantes en la zona. Su alimentación era complementada con rubros obtenidos por intercambio con indígenas de otras partes del valle del Chama y/o del occidente “venezolano”. No se consideraban propietarios de la tierra, al menos en el sentido moderno de la propiedad agraria, sino que la usufructuaban colectivamente en beneficio evidente de todos los miembros de la comunidad. Vivían en chozas o bohíos generalmente de forma circular y construidos en base a piedras y otros materiales presentes en el área. Desde el punto de vista espiritual, los antiguos pobladores de Cacute sacralizaron lagunas, páramos, cumbres y otros elementos geográficos, y creían que en tales espacios moraban ciertas entidades sobrenaturales encargadas de la protección de los mismos. Consideraban los aborígenes que dichas entidades eran capaces de beneficiarlos o perjudicarlos en su vida cotidiana, y por tanto recurrían a la celebración periódica de rituales y a la entrega de ofrendas para ganarse su buena voluntad.

Para la segunda mitad del siglo XVI algunos conquistadores europeos ya tenían conocimiento de la zona de Cacute, y no pasará mucho tiempo para que dicho territorio sea incorporado jurídicamente a la Corona Española. En lo sucesivo Cacute estará sujeto a la implantación estructural requerida para la formación del orden colonial, proceso en el que la Encomienda jugará un papel esencial, concretamente en cuanto a la necesaria concentración espacial de los indígenas de acuerdo a las ordenanzas de poblamiento emanadas por la Corona. Téngase en cuenta que además de los naturales de la localidad, serán encomendados aborígenes asentados montaña adentro (principalmente en la vertiente sur de la Sierra Nevada, hacia los lados del piedemonte andino-llanero). Pero si bien para el año 1602 ya se hacía referencia al Repartimiento o Pueblo de Encomienda de Cacute, con Hernando de Alarcón como encomendero, la ubicación del mismo no era precisamente la de la localidad actual, característica que dificultaba la evangelización de los indígenas y su control por parte de los colonizadores. Para solventar esta situación se ordenó la agregación de Cacute al Pueblo Principal de Mucurubá en 1619, situándosele a orillas del Camino Real Interandino, aproximadamente en el lugar que aún ocupa. A partir de este año Cacute pertenecerá a Mucurubá, y recién en 1986 será separado administrativamente al crearse el Municipio Foráneo Cacute. Con lo apuntado en este párrafo se desmiente que Manuel Valero Pacheco haya sido el “fundador” de Cacute a finales del siglo XVIII, según lo indican algunas versiones.

Destáquese que durante el periodo colonial de Cacute la agricultura continuaba como el principal medio para la obtención de los alimentos cotidianos; mientras tanto la actividad pecuaria tenía cierta importancia con la crianza de ganado mayor y menor y de aves de corral. Además de los rubros prehispánicos, eran cultivados cereales, leguminosas, hortalizas y frutas introducidas por los colonizadores. Sobresalía en este apartado el trigo y su harina, cuya comercialización trascendía la jurisdicción de Mucurubá y representaba una importante fuente de ingresos, en especial para españoles y criollos (propietarios de estancias y molinos). A pesar de la importancia de este cereal en la zona, incluso en el ámbito simbólico, es importante acotar que su manejo agroecológico inadecuado llegará a ser muy perjudicial para los suelos locales, particularmente para los de ladera, bien proclives a la erosión. De todo ese auge triguero no quedan sino los recuerdos y algunas huellas materiales (como eras y molinos).

Desde el punto de vista religioso, el cristianismo desplazó parcialmente a las antiguas creencias mágico-religiosas, y representó un elemento clave de la colonización en Cacute, no sólo por la conversión espiritual de los indígenas, sino por el ordenamiento territorial derivado de la agrupación de aborígenes en torno a una iglesia, en este caso la de Mucurubá. Evidentemente el cristianismo se consolidó y trascendió en el imaginario colectivo, englobando hoy día a festividades como la que se realiza en honor al Santo Niño de Cacute.

Grafica Cacute de Enrique La Marca

3 may. 2012

A 60 años de la creación del Parque Nacional “Sierra Nevada”

Por: Rubén Alexis Hernández A.
Historiador

Primeras exploraciones coloniales en la Sierra Nevada.

Recientemente se cumplieron 60 años de la creación del Parque Nacional “Sierra Nevada”, uno de los de mayor extensión del occidente venezolano, y cuya importancia radica en la notable biodiversidad, en la abundante producción hídrica, en la presencia de poblaciones antiguas, en la belleza paisajística, entre otros atributos. Así se resume la justificación del Gobierno venezolano de 1952 para la creación de dicho Parque: “Que con la creación de los referidos parques, se atiende a la preservación permanente de las aguas y de la flora y fauna autóctonas; a la formación de centros de interés para estudios científicos y de investigación, así como para el fomento del turismo y (...)”.

Apenas arribaron los primeros españoles al valle del río Chama, principal curso fluvial de los Andes merideños, hicieron las primeras incursiones en los alrededores de lo que se conocía como Sierras Nevadas (nombre que hacía referencia a la presencia de nieve permanente en algunas cumbres). De esta manera exploraron parcialmente el conjunto montañoso identificado hoy día como Macizo del Sur (donde se ubican los muy conocidos Pueblos Del Sur), colindante con la estribación sur-occidental de la Sierra Nevada. Entre otras zonas, los conquistadores se desplazaron por la subcuenca del río Nuestra Señora, y allí se percataron de que era un espacio densamente poblado a pesar de que las condiciones paisajísticas no parecían las más idóneas: aridez, erosión, cierta escasez de agua dulce, entre otras. En esta subcuenca se ubican actualmente localidades como San Antonio de Acequias, San José del Sur, El Morro y Los Nevados.

Luego de la incursión al Macizo del Sur, una expedición a cargo de Juan Rodríguez Suárez, “fundador” de la ciudad de Mérida, recorrió todo el valle alto del río Chama y una parte del curso superior del río Santo Domingo, y al parecer habría explorado, aunque de manera fugaz, la Sierra Nevada montaña adentro. Pero el carácter superficial de esta expedición no será desaprovechado; resultará en un importante precedente informativo para beneficio del capitán Juan de Maldonado y su tropa, quienes lograron realizar una exploración más detallada de la Sierra Nevada:

“(…) de allí envió a Bartolomé Maldonado con gente que atravesando la cordillera de la Sierra Nevada más arriba viese lo que de la otra banda había. Caminaron algunos días por aquel paraje y páramo que era bien ancho y despoblado, y en acabándolo de pasar dieron vista a los llanos de Venezuela (…)”.


Tras esta expedición hubo una serie de incursiones a lo largo y ancho de la Sierra Nevada, que en gran medida posibilitarán el conocimiento humano y paisajístico del territorio, y por tanto el control de los indígenas en Pueblos de Encomienda y la oportunidad de establecer comunicaciones con distintos espacios geográficos, en especial con el piedemonte andino-llanero y con los Llanos barineses. Fue, durante el transcurso de dichas expediciones, cuando los colonizadores notaron que diversos valles transversales conectaban de forma relativamente fácil a la cuenca alta del Chama con Barinas; uno de estos valles servirá de asiento al conocido “Camino de Los Callejones”, específicamente el correspondiente a la parte superior del río Santo Domingo.

Para mediados del siglo XVII el conocimiento de la Sierra Nevada por los colonizadores de la cuenca alta del Chama era tal, que en distintos documentos de la época se percibe la familiaridad que parecían tener con el espacio geográfico las autoridades y otros personajes de la Provincia de Mérida. Incluso en dichos documentos abundan los topónimos, signo evidente de la “apropiación” paisajística en favor del orden hispánico:
“(...) y luego va corriendo el dicho resguardo desde el dicho rio de Chama atravesándole y pasando de la otra bande del hasta llegar a un quebrada que llaman Mucuyao y por otro nombre Mocaho que entra en el dícho rio de Chama y por la dicha quebrada arriba hasta lo alto del paramo y peñas que llaman Mucuguaguo y de alli bajando hasta dar en la quebrada Mucumbas que entra en el dicho rio grande de Chama (...)”.

Rubén Alexis Hernández A.

3 ene. 2012

Conozcamos a Mérida

Autor: Rubén Alexis Hernández A. Historiador

En el presente escrito queremos exaltar de forma parcial las bondades que ofrece el Estado Mérida al visitante, desde paisajes que van desde los 0 metros sobre el nivel del mar hasta la zona de nieves permanentes, hasta la amabilidad y sencillez de su gente. Si bien dicha entidad es considerada como uno de los destinos turísticos por excelencia en Venezuela (a pesar de que aún no funcionan el Sistema Teleférico y el aeropuerto), incluso para numerosos extranjeros, resulta que no conocemos ni la mitad de su superficie, y por tanto nos abstenemos de disfrutar condiciones geográficas y humanas extraordinarias. No resulta extraño que algunos merideños aseguren conocer media Europa, Estados Unidos y casi toda América Latina, pero a duras penas habrán escuchado de los Pueblos del Sur, o de las centenares de lagunas ubicadas en los páramos, o de algunos monumentos naturales.

Más allá de las razones que puedan tener aquellos merideños poco interesados en el turismo interno, es importante tratar de convencerlos de que gracias a la variedad de pisos altitudinales Mérida fue privilegiada con la presencia de páramos, selvas, llanuras aluviales, bosques nublados y otros ecosistemas en un área relativamente reducida (11.300 km2), y por tanto goza de una biodiversidad importante. Al respecto es necesario destacar que hay muchas zonas en el Estado Mérida que merecen ser conocidas, especialmente por el trato cordial y servicial de sus habitantes. Uno de estos espacios está constituido por los llamados Pueblos del Sur, entre los que se encuentran Los Nevados, San Antonio de Acequias, Mucutuy, El Morro, San José del Sur y Pueblo Nuevo. En los dos primeros, ubicados a la espalda de la Sierra Nevada, el paisaje impresiona por la vista de las montañas circundantes y del relieve modelado por el río Nuestra Señora, y hay gente bien amable con el visitante, a quien le informan sobre la geografía y la historia local, y si es el caso le guían en sus recorridos por sitios de interés monumental y natural. Estar en uno de estos pueblos es como estar en lugares olvidados en un tiempo remoto, en el que predominaban la agricultura escasamente tecnificada y la arquitectura en base a tapia, teja y piedra, y no había la contaminación variopinta propia de la modernidad. A pesar de que el estado de las vías para acceder a estos poblados no es el ideal (la mayor parte del trazado es de tierra), el sólo hecho de arribar a ellos compensa con creces el sacrificio que pueda significar el desplazamiento por tales vías.

Luego hay algunas poblaciones en la cuenca alta del río Chama que son escasamente conocidas por los merideños. Aquí se encuentran localidades como Mitivibó y Micarache, donde el paisaje parece cubierto con millones de frailejones y la candidez del grueso de sus pobladores es conmovedora. En el caso de Miitivibó, pueblo ubicado a unos 3.400 metros sobre el nivel del mar, es parcialmente incomprensible su desconocimiento, toda vez que se ubica en el trayecto de una de las vías de acceso al observatorio astronómico de Llano del Hato, destino importante dentro del turismo merideño. Además de las localidades como tal, el visitante tiene la posibilidad de conocer distintos lugares más o menos cercanos, contando siempre con la guía de los pobladores. En cuanto al estado de las carreteras para llegar a Mitivibó y Micarache, consideramos que es regular, apto para todo tipo de vehículos en buenas condiciones, al menos en la ruta de acceso a Mitivibó.

En tercer lugar hay ciertas poblaciones asentadas en el norte de la entidad merideña, en la zona de transición entre la Cordillera merideña y las tierras bajas del Sur del Lago de Maracaibo. Se trata, entre otras, de Piñango, Torondoy y Mucumpís, poblados que desde tiempo antiguo han sido puntos intermedios en la comunicación de la cuenca alta del río Chama con el Lago de Maracaibo. Particularmente agradable a la vista resulta el verdor de las montañas que rodean a Torondoy y Mucumpís, así como el colorido de los diversos cultivos. Salvo la carretera de tierra que conduce desde Torondoy hasta Mucumpís, las vías de acceso son aptas para todo tipo de vehículos. Respecto a la carretera de tierra en cuestión, su recorrido en automóviles 4x4 representa toda una aventura.

Con esta muestra paisajística y humana del Estado Mérida, consideramos que hemos aportado un granito de arena para impulsar el turismo en aquellos espacios que hasta el día de hoy no han sido ampliamente conocidos por los merideños. El mensaje es una invitación para que en Mérida nos identifiquemos mucho más con su diversidad paisajística y con la calidez y cortesía propias del gentilicio andino.