8 de sept. de 2008

Leyendas de Mérida

Mitos y leyendas

Mérida es rica en mitos y leyendas, tanto de origen indígena como las creadas a través de los tiempos por los campesinos del páramo. Los campesinos de los páramos merideños han mantenido una relación de respeto y gratitud hacia la tierra y sus elementos, considerándola sacra y toman sus frutos como producto de este respeto y cuidado. Las leyendas de los parajes andinos son muy singulares y muchas de ellas han dejado a más de un incrédulo impresionado y contagiado de esa misticidad que los envuelve. Ejemplos de estas leyendas son las de las lagunas.
Según los pobladores de la zona, las lagunas de los páramos están habitadas por "cabruncos", los cuales son espíritus que moran en sus profundidades. De acuerdo a la creencia popular no se puede gritar en las orillas de las lagunas, ni tirar piedras en sus aguas ya que se molesta la tranquilidad de los "cabruncos"; cuando esto sucede los espíritus se ponen bravos y se forma una neblina espesa a veces acompañada de tormenta, la cual puede envolver a la gente y hacerla desaparecer. También se dice que los "cabruncos' cada 30 años se llevan a dos o tres personas.

Ejemplos de algunas de estas leyendas populares que se han mantenido a través de los siglos, son los siguientes:

La Llorona de Los Andes
por Alvaro Parra Pinto

Una de las leyendas más antiguas y difundidas en Venezuela y, en especial, en los Andes, se conoce como La Llorona. Se trata de una tenebrosa dama que, hasta hace más o menos un siglo, solía ser vista caminando por la vega del río Milla. El periódico merideño El Centinela de la Sierra en su edición del 5 de enero de 1883 la reporta «desandando por las playas del río Milla... destejido el cabello y vestida de luto».

En el caso del río Milla, la leyenda viene de tiempos precolombinos. Fue entonces cuando los antiguos indígenas de las Sierras Nevadas comenzaron a hablar sobre esta misteriosa mujer de medrosa figura y conmovedor llanto que solía ser vista recorriendo la vega de este brioso curso de agua y sus alrededores. Según la leyenda indígena, La Llorona fue una de las más hermosas nativas de los indios Mucujún, los primeros habitantes de los esplédidos valle del norte merideño, cruzados por los ríos Milla, Albarregas y Mucujún.

Al parecer, después de un «mal de amores» la despiadada acabó con la vida de su hijo recién nacido lanzándolo a las aguas del Milla. Ches, el Ser Supremo, se disgustó tanto ante tal crimen que la condenó a vagar por las riberas del río eternamente, por siempre en busca de los restos de su crío entre las espumosas aguas. Lo cierto del caso es que esta misma leyenda se conoce con ciertas variantes en toda Venezuela y, por si fuera poco, también existen numerosas versiones a lo largo y ancho de Hispanoamérica. Así la describe el investigador Eveleio Echevarría en sus Leyendas de la alta Venezuela (Mérida, 1988):

«La mujer gimiente de los indígenas de la altura. También lo es de toda Hispanoamérica, alta y baja...»

Sólo resta agregar que de acuerdo con los reportes periodísticos de El Centinela de la Sierra, la Llorona del río Milla suele salir de noche y un encuentro casual con esta rara y misteriosa mujer siempre trae «fatales consecuencias», ¡por lo que aconsejan evitarla a toda costa!

(Del periódico mensual TURISMO ANDINO, Mérida, agosto del 2000)


El encanto de oro
por Julio César Salas

Sábese por los cronistas que los muiscas decían que una gran inundación había cubierto en tiempos remotos la sabana de Bogotá y, perecido todos los hombres, una pareja humana había salido del lago de la Guatabita y vuelto a poblar el mundo; por tal causa rendían especial culto a los lagos de su territorio y consideraban sagrado el ya dicho, erigiéndolo santuario y celebrando en cierta época del año la ceremonia del cacique que se cubría con polvo de oro y se sumergía en sus aguas; origen más probable del mito del Dorado, del cual fue mera leyenda desfigurada la creencia de la Manoa de los achaguas.

Acerca de este sitio de maravillosa riqueza, donde se hallaba un encanto u hombre de oro, con patos y animales del mismo metal, múcuras y pailas, hemos oído en boca de los descendientes de los indios de Jají, que en las cascadas que forma el río González, existe este lugar recóndito, que algunos han entrevistado en lo más áspero e inaccesible de aquellas gigantescas rocas, por donde se despeña el río y corre dando saltos, por entre el tupido y secular bosque de belleza salvaje, donde se contempla y mora el airón de plumas verdes, atornasoladas, semejante al quetzal azteca.

(De su obra ETNOGRAFÍA DE VENEZUELA, Mérida, 1956)


El jinete emparamado
por Tulio Febres Cordero

En las relaciones tradicionales figura la del jinete emparamado, que vamos a recordar. Chachopo es un pueblito que está a la caída del páramo, cerca de Timotes. Cierto día, hace de esto muchos años, amaneció en la plaza de aquel pueblito un viajero a caballo en una buena mula.

Esta pastaba de su cuenta, suelta la brida y sin que el jinete hiciese el menor movimiento para gobernarla, lo que llamó la atención de los primeros vecinos que abrieron sus casas; y cómo quedarían de asombro al cerciorarse de que el jinete era un cadáver, un hombre emparamado. Ni la valentía de la mula pudo salvarlo de la furia del páramo en una nevazón y murió sobre la cabalgadura, permaneciendo allí clavado en la silla y sin soltar los estribos. No pudo identificarse el cadáver por ser el de una persona completamente desconocida y aún de país extraño.
Así lo hemos oído relatar...

(Del periódico EL LÁPIZ, Tomo 2, Pág.11, 31-08-1895)


El gigante de Milla
por Emilio Menotti Spósito

El Milla es el río de la ingenuas leyendas infantiles, que escuchamos en nuestro primeros años, al calor del rescoldo hogareño, en las frías tardes decembrinas. Los furtivos cazadores que solían arriesgarse en el corazón de las encendidas montañas del Milla, tras la pista de conejos y venados, han visto deslizarse por entre los acantilados de las roca, al rayar del alba o en los crepúsculos vespertinos, una gallina de oro macizo, seguida de sus aúreos polluelos.

También aseguran haber visto, y aún hablado con él, al barbudo y descomunal gigante, que cuida las sagradas calderas de los Chorros. Su habitación está en lo más abrupto del Monte Zerpa, en una gruta encantada, que nadie ha podido encontrar.

Un sabio naturalista francés, el doctor Burgoin, que hizo de Mérida su segunda patria, en una de sus excursiones botánicas se halló de pronto, sin poderlo evitar, con el viejo vestigio de los Cho-rros.Burgoin cargaba una magnífica escopeta de dos cañones y, lleno de miedo y de sorpresa, apuntó con ella hacia la boca abierta del gigante:

—¿Qué llevas muchacho?

—Un tabaco. ¿Te gusta fumar?

—Algunas veces. Dame una chupadita.

Burgoin descargó las dos balas en la abierta bocaza del espectro.
Se oye una interjección espantosa, como el fragor de una centella.
El francés corría a todo escape, salvando los agudos filos de alas salientes rocas.
Y a sus espaldas, entre salivazos de fuego, murmuraba el gigante:

—Qué tabaco tan fuerte me ha brindado el musiú!

Hoy los Chorros de Milla han perdido el encanto natural de su inocencia paradisíaca... Y el gigante barbudo, celoso vigilante de las hermosas cascadas, se hundió también en la gruta encantada del Monte Zerpa, como una corajuda protesta ante la vil profanación.

(De sus MOTIVOS LUGAREÑOS,
APOSTILLAS HISTÓRICAS, Mérida,1930)

3 Dejaron huellas de su paseo por Mérida:

Interesantes leyendas, en el Táchira también tenemos un montón, recogidas en una serie de libros titulados "Leyendas del Táchira".

Saludos!!

Hola Siry, qué genial!; en todos lados hay mitosy leyendas fascinantes.
precioso!!!!!!!!!
besos!

los temas son interesantes y las leyendas fascinantes.mil gracias por la informacion de mi querido estado merida.milenarivera